La casa de la abuela de Alaric era inmensa, fría y olía a madera vieja y cera para pisos. Farah bajó del auto tratando de no pisarse el bajo del vestido de seda esmeralda. El corte de la espalda, completamente descubierta, la hacía sentir incómoda, como si caminara desnuda bajo la llovizna de la tarde.Alaric le ofreció el brazo. Su postura era rígida, los hombros tensos bajo el traje oscuro.—No tienes que caerles bien —le dijo en voz baja, sin mirarla, mientras subían los escalones de piedra—. Solo actúa como si estuviéramos juntos en esto. Si piensan que tengo una debilidad, van a usarla.Farah se acomodó el pelo detrás de la oreja, sintiendo los nervios en el estómago.—Sé cómo comportarme, Alaric. No te preocupes.—No dudo de ti, Bourne. Dudo de ellos.La cena se sirvió en un comedor de techo alto donde el ruido de los cubiertos contra la porcelana sonaba demasiado fuerte. Al principio, la conversación fue predecible: negocios, el clima, viajes. Hasta que Beatriz, la madrastra de
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