El aire en el patio se puso tan pesado que Farah sintió que podía tocarlo. La presión de las manos de Alaric todavía le quemaba en los muslos, y ese olor a café y madera que siempre soltaba su piel la envolvía como una trampa. No era la cercanía de dos socios; era el recuerdo vivo de la noche en el bar, de esa piel contra piel que ambos intentaban enterrar bajo cláusulas legales.
—Tengo... tengo que revisar unos gráficos —balbuceó Farah, soltándose de golpe.
Huyó a su habitación sin mirar atrás