HASSAN AL-ÁSADEstaba sentado en mi lugar, en la cabecera de la gran mesa de la sala del consejo, rodeado de hombres que hablaban de impuestos, de tratados, de fronteras y de leyes. Palabras, solo palabras vacías. En ese momento, todo me parecía pequeño, insignificante, carente de sentido. Yo, Hassan Al-Ásad, el hombre que lo tenía todo, el que gobernaba con mano firme y autoridad absoluta, el que antes se creía dueño del mundo y de su propio destino, ahora sentía que mi verdadero reino no estaba aquí, entre mapas y pergaminos, sino lejos, en mis aposentos, al lado de ella.Desde que Jade entró en mi vida, nada había vuelto a ser igual. Ella, que llegó como una mujer fragil, con el orgullo herido y un carácter inquebrantable, que me desafió desde el primer día, que no se doblegó ante mi poder ni mi fama, que me enseñó que el amor no se exige, se gana. Ella, que venía de haber sufrido, de haber sido vendida, de haber conocido la amargura, y sin embargo, conservaba un corazón lleno de l
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