HASSAN AL-ÁSAD
Me quedé allí, de rodillas en el suelo frío, con el alma hecha pedazos y el corazón destrozado, sintiendo que el mundo entero se había detenido a mi alrededor. La frase de Said retumbaba en mi cabeza una y otra vez, como una maldición, como un castigo eterno: “Solo podemos salvar a una… tienes que decidir”.
¿Cómo podía pedirme eso? ¿Cómo podía obligarme a elegir entre la mujer que me enseñó a ser hombre, la dueña de mi corazón, y la pequeña que era el fruto de ese amor, la razón