HASSAN AL-ÁSADMis manos no se detenían, recorrían cada curva, cada rincón de su cuerpo, bajando por su cintura, acariciando sus caderas anchas y suaves, deslizándose entre sus piernas abiertas, encontrando allí el calor húmedo y delicioso que me llamaba, que me esperaba, que me reclamaba como suyo. Toqué su intimidad con una urgencia que me hacía temblar, acariciando esa carne suave y ardiente que ya estaba lista para mí, ella arqueaba la espalda y sus piernas se abrían más, invitándome, suplicándome sin palabras que la tomara, que la llenara, que la hiciera sentir todo lo que yo sentía.Y entonces, no pude aguantar ni un segundo más. Me acomodé entre sus piernas, separándola con mis rodillas, y posicionándome justo en la entrada de su paraíso, mirándola una vez más a los ojos, viendo en ellos el mismo fuego que me consumía a mí.—Mía... —gruñí con fuerza, antes de hundirme en ella despacio, muy despacio, disfrutando de cada milímetro, de cómo su calor me envolvía, de cómo su estrech
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