HASSAN AL-ÁSAD
Estaba sentado en mi lugar, en la cabecera de la gran mesa de la sala del consejo, rodeado de hombres que hablaban de impuestos, de tratados, de fronteras y de leyes. Palabras, solo palabras vacías. En ese momento, todo me parecía pequeño, insignificante, carente de sentido. Yo, Hassan Al-Ásad, el hombre que lo tenía todo, el que gobernaba con mano firme y autoridad absoluta, el que antes se creía dueño del mundo y de su propio destino, ahora sentía que mi verdadero reino no esta