HASSAN AL-ÁSADDe pronto, alzar la vista a mi alrededor fue como recibir un golpe en el pecho, pero un golpe que despertó todo lo que llevaba dormido en mí. La sorpresa, mezclada con un asombro inmenso, inundó cada rincón de mi ser al descubrir lo que tenía ante mis ojos: cientos de lienzos, grandes y pequeños, apilados con cuidado, apoyados contra las paredes, descansando sobre caballetes, llenando cada espacio de esta habitación que yo creía llena solo de silencio y soledad. Eran las pinturas que ella hacía, esas obras en las que pasaba horas y horas encerrada, lejos de mí, que yo, ciego y torpe, creí simples paisajes, flores sin significado, dibujos sin importancia… y que ahora, al verlos con los ojos del alma abiertos al fin, me dejaron sin aliento, sin voz, sin capacidad de reacción.En todas, absolutamente en todas, estaba yo.Yo caminando por los jardines, con esa expresión seria, a veces dura, que suelo llevar cuando me pierdo en mis pensamientos. Yo sentado en mi despacho, in
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