HASSAN AL-ÁSAD Corrí por los pasillos, y cada paso que daba se sentía como un golpe contra mi propia conciencia. Todo a mi alrededor seguía envuelto en ese azul que yo mismo había mandado poner, ese color estúpido, frío, que ahora me parecía una burla de todo lo que había hecho mal. “Buena suerte”, “fuerza”, “realeza”… ¡mentiras! Solo eran excusas que yo me inventaba para esconder mi miedo, mi cobardía, mi forma torpe y equivocada de querer protegerlas.Pregunté a los sirvientes, ninguno sabía dónde estaba, o quizás ninguno se atrevía a decirme, viendo mi cara desencajada, los ojos hinchados de llorar, la desesperación que se me salía por cada poro. Pero yo sabía. Conocía cada rincón de este palacio, conocía los lugares donde ella iba cuando necesitaba silencio, cuando necesitaba alejarse de todo, cuando el dolor o la tristeza la invadían y quería estar sola. Había una habitación, al fondo del ala oeste, lejos de todo ruido, una sala grande, llena de luz, donde ella a veces se encerr
Leer más