HASSAN AL-ÁSAD
En ese momento, ya no hubo palabras. No hacían falta. Rodeado de todas estas pinturas que contaban nuestra historia: mi miedo, su distanciamiento, y nuestro amor inmenso que todo lo vencía… inclinado ante la mujer que me había dado todo y a la que yo le había fallado tanto, inclinado ante mi Sultana, ante la madre de mi hija, la única dueña absoluta de mi alma… me incliné y la besé.
Fue un beso distinto a todos los demás. No fue un beso de prisa, ni de costumbre, ni de deber. Fue