JADE AL-QALA
Pero cuando levanté la vista hacia él, todo mi mundo se detuvo.
Hassan estaba allí, de pie, inmóvil, como si se hubiera convertido en una estatua de piedra. Sus ojos, que segundos antes brillaban de nervios y esperanza, ahora estaban fijos, clavados en mi vientre. No parpadeaba. No se movía. Y vi cómo, poco a poco, sus manos se cerraban a los costados, sus puños se apretaban con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, que los músculos de sus brazos se tensaron hasta p