JADE AL-QALA
A la mañana siguiente, el camino hacia la consulta se me hizo eterno. El auto avanzaba suavemente por las calles, pero yo sentía que mi corazón latía con tanta fuerza que podía escucharlo por encima del sonido del motor. Hassan iba sentado a mi lado, rígido, callado, con las manos cruzadas sobre sus rodillas y la mirada fija al frente. Vestía, cómo no, una túnica de un azul intenso, del mismo tono que ahora parecía ser el único permitido en todo el reino. De vez en cuando, sus ojo