La noche cayó sobre la ciudad como un manto de terciopelo oscuro, salpicado por las luces de los edificios y los faroles de las calles. El cielo estaba despejado, y las estrellas brillaban con una intensidad que parecía irreal. Luisa estaba en su oficina, mirando por la ventana, con una sonrisa que no se borraba de sus labios. La reunión había sido un éxito. Damián había logrado lo imposible: convencer a los socios, e incluso a Sandra, de que su plan era el correcto. La empresa de su madre estaba a salvo.Había sido un día largo, agotador, pero satisfactorio. Por primera vez en semanas, Luisa sentía que el futuro no era una amenaza, sino una promesa. Damián había demostrado ser el aliado que ella necesitaba. Firme, inteligente, implacable cuando debía serlo, pero también cálido y cercano. La forma en que había manejado la reunión, la manera en que había expuesto los números, la claridad de sus argumentos... todo había sido perfecto.El teléfono vibró sobre el escritorio, sacándola de
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