Luisa recorrió con la vista el perfil de él. Su mandíbula cuadrada. Su nariz recta. Sus labios, que tantas veces la habían besado y tantas la habían mentido. La cicatriz pequeña en su ceja, de una pelea de niños que nunca quiso explicar. Todo él era familiar. Todo él era extraño.
—Erick —dijo ella, rompiendo el silencio.
Su nombre cayó en la noche como una moneda en un pozo. El eco tardó en llegar.
—Dime.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, con la voz apenas un hilo—. ¿Por qué has estado tan lejos esta