La mañana siguiente, Luisa no pudo quedarse en casa. La inquietud la consumía por dentro. El beso de Damián aún resonaba en sus labios, y la necesidad de verlo, de hablar con él, de entender lo que había pasado, era más fuerte que su miedo. Se vistió rápido, tomó su bolso y salió. El auto la llevó hasta la oficina de Damián casi sin que ella decidiera el camino. Sus manos manejaban solas, llevándola a donde su corazón, confundido pero insistente, le pedía.Llegó. Subió en el ascensor. El pasillo estaba en silencio. Llamó a la puerta. Abrió.Damián estaba de espaldas a ella, mirando por el ventanal. La luz de la mañana entraba a raudales, iluminando su figura. Al sentirla, se giró. Sus ojos verdes se encontraron con los de ella, y por un momento, ninguno de los dos habló.—Hola —dijo él, con voz suave—. ¿Qué haces aquí?—Necesito hablar contigo —respondió Luisa, entrando y cerrando la puerta—. De lo de ayer.Damián caminó hacia ella. Se detuvo a un paso de distancia.—No te preocupes —
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