La madrugada envolvía la mansión en un silencio denso, de esos que solo se escuchan cuando el mundo entero parece dormir. El reloj de la sala marcaba las tres de la mañana con un tic-tac monocorde que se filtraba por las rendijas de las puertas. Las paredes de la mansión, testigos mudos de noches de furia y silencio, parecían contener la respiración.
Luisa había dado vueltas en la cama durante horas, sin encontrar posición que calmara la inquietud que le crecía en el pecho. Las sábanas de seda,