El café quedaba en una calle estrecha, alejada del bullicio de la ciudad de Zúrich. Las mesas de madera desgastada, las sillas desparejas, el aroma a café recién molido mezclado con pan horneado. Un lugar sencillo, anónimo, perfecto para quienes no querían ser vistos. Las cortinas de encaje amarillento filtraban la luz del mediodía, creando un ambiente íntimo y sombrío.
El doctor Mendoza —el verdadero, no el impostor que había hablado con Luisa— estaba sentado en una mesa junto a la ventana, co