La noche era cómplice de los secretos. En la habitación de Annie, las luces estaban apagadas, pero la pantalla de su teléfono iluminaba su rostro con un resplandor azulado. Estaba acostada boca arriba, con una sonrisa de suficiencia que no se borraba de sus labios.
—Estúpida —murmuró, mirando la foto que le había enviado a Luisa—. Tan estúpida. Ni siquiera se va a dar cuenta de que son editadas.
Se incorporó, apoyándose en los codos. Abrió la galería de su teléfono. Las fotos originales eran de