La mañana siguiente, Luisa no pudo quedarse en casa. La inquietud la consumía por dentro. El beso de Damián aún resonaba en sus labios, y la necesidad de verlo, de hablar con él, de entender lo que había pasado, era más fuerte que su miedo. Se vistió rápido, tomó su bolso y salió. El auto la llevó hasta la oficina de Damián casi sin que ella decidiera el camino. Sus manos manejaban solas, llevándola a donde su corazón, confundido pero insistente, le pedía.
Llegó. Subió en el ascensor. El pasill