Pasaron los días. Pasaron las semanas. La rutina de Luisa se volvió un torbellino de reuniones, documentos, estrategias y números. La empresa de su madre la absorbía por completo. Llegaba tarde a la mansión, a veces después de las diez, a veces después de las once. Erick la esperaba, al principio con paciencia, luego con impaciencia, luego con furia contenida.—¿Otra vez tarde? —preguntaba él, desde el sillón de la sala, con una copa de whisky en la mano y una expresión que ya se había vuelto familiar.—Trabajo —respondía ella, sin detenerse—. Estoy cansada. Me voy a dormir.—¿Trabajo? ¿Siempre trabajo? ¿Con quién? ¿Con Damián?—Erick, no voy a hacer esto todas las noches.—¿Hacer qué? ¿Decirme la verdad?—Ya te dije. Estoy trabajando. Si no me crees, es tu problema.Y subía las escaleras. Y él se quedaba abajo, con la rabia ardiéndole en el pecho.No le había contado lo de la empresa. No le había contado que iba a recuperar el legado de su madre. No le había contado que estaba pelean
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