SAMIRAEl aire de la Riviera Maya no olía a ozono, ni a metal, ni a muerte. Olía a jazmín nocturno, a salitre y a una libertad tan vasta que, por momentos, me resultaba aterradora. Habíamos pasado años siendo presas o cazadores, y ahora, el silencio de nuestra villa privada en Tulum se sentía como un grito al que no sabía cómo responder.Estaba apoyada en la barandilla de madera noble de la terraza, observando cómo el Mar Caribe se tragaba la luna, tiñendo el agua de un color plata líquida. Llevaba solo un camisón de seda blanca que bailaba con la brisa cálida, una prenda que contrastaba violentamente con las cicatrices que aún marcaban mis hombros. Por primera vez en mi vida, no tenía una pistola enfundada en el muslo, aunque mis sentidos seguían rastreando el perímetro por puro instinto.—Deja de buscar fantasmas en la selva, Samira. Al menos por esta noche.La voz de Kadyel, ronca y baja, vibró detrás de mí. Sentí el calor de su cuerpo antes de que sus manos rodearan mi cintura. S
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