ROUSE
El frío de Canadá ya no se siente como una amenaza, sino como un abrazo que nos invita a quedarnos bajo las mantas un poco más.
Mientras el sol de la mañana se filtra por los grandes ventanales de nuestra propiedad, tomo el teléfono con una sonrisa que no me cabe en el rostro. Necesito escuchar la voz de Elena.
—¡Elena! —exclamó en cuanto escucho su voz al otro lado de la línea—. Solo quería decirte que aquí todo está... perfecto. No, mejor que perfecto. La casa está cambiando, Stefan ha