ROUSE
La casa se sentía diferente.
El silencio ya no era de paz, sino de una tensión eléctrica que hacía que los vellos de mi nuca se erizaran.
Anthony dormía en la habitación de al lado, su respiración pequeña era lo único que me mantenía anclada a la cordura.
Stefan estaba en la entrada, limpiando su arma con movimientos rítmicos, mecánicos, de vuelta al hombre que juró no ser.
No pude esperar más. Tomé el teléfono satelital y marqué el número encriptado de Samira.
—¿Samira? —mi voz tembló