ALARIC
Tres meses han pasado desde que el fuego de la Isla de los Olvidados se extinguió, y aquí, en lo profundo de la selva yucateca, el tiempo parece haberse detenido en una dimensión que no entiendo. He pasado mi vida analizando trayectorias de balas y protocolos de seguridad, pero frente a las ruinas mayas que bordean nuestra propiedad, mis cálculos fallan.
Siento una vibración en el aire, una energía espiritual que me eriza la piel. No es una amenaza táctica; es el peso de la historia.
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