SAMIRALa camioneta blindada se detuvo en un claro oculto entre la maleza espesa de las afueras de Barichara. El motor rugía suavemente, como un animal herido pero aún peligroso. El humo de la casona todavía se veía a lo lejos, una columna negra que ensuciaba el cielo estrellado de Santander. Dentro del vehículo, el ambiente era asfixiante. El olor a pólvora, a la sangre de la herida de Stefan y al aroma dulce y lácteo de León, el recién nacido, creaba un contraste violento que me revolvía el estómago.Elena estaba pálida, apoyada contra el pecho de Alaric. Solo había pasado una semana desde que León llegó al mundo, y su cuerpo aún no estaba listo para los saltos sobre mostradores de mercado, las huidas por túneles húmedos y la adrenalina de una guerra familiar. A su lado, el pequeño Pax, el cachorro de apenas unos meses, lloriqueaba bajito, sintiendo la tensión de sus dueños.Kadyel, como el hermano mayor y el líder indiscutible de esta manada de lobos heridos, se giró desde el a
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