El techo de la celda era de un blanco tan puro que dolía mirarlo. No tenía las sombras del ático ni los reflejos del cristal de la torre. Era simplemente hormigón pintado, liso y mudo. Me desperté con el sonido de una bandeja de metal golpeando la trampilla de la puerta. El olor a huevos de polvo y café quemado llenó el pequeño espacio de cuatro metros cuadrados. Intenté incorporarme, pero mi pierna derecha lanzó un latigazo de dolor que me obligó a soltar un gemido. Estaba vivo, pero mi cuerpo parecía una máquina vieja a la que se le estaban soltando las piezas.Me arrastré hasta el borde del catre. El silencio era lo que más me pesaba. Durante años, mi vida había tenido una banda sonora constante: el zumbido de los ventiladores, el clic de los teclados, el murmullo de los datos fluyendo por la red. Ahora, lo único que escuchaba era el goteo de un grifo y mi propia respiración. Era una soledad física, real, que no podía hackear ni apagar con un comando. Me bebí el café de un trago, a
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