El motor de la furgoneta se apagó y, por un momento, el silencio fue tan pesado que me dolieron los oídos.El agente joven, el que nos había conducido durante horas, se bajó sin decir una palabra. Rodeó el vehículo y abrió la puerta corredera. La luz de la tarde en Vermont era de un color ámbar que nunca había visto en la ciudad. Era limpia, sin el tamiz del esmog o el reflejo del acero.—Este es el lugar —dijo el agente, señalando una estructura de madera oscura que parecía fundirse con los pinos—. Las llaves están puestas. Hay suministros para una semana en la cocina.Me bajé con cuidado, sintiendo cómo mi pierna derecha protestaba al pisar la tierra húmeda. Maya me siguió, tomándome del brazo para estabilizarme. Los dos nos quedamos mirando la casa. Era pequeña, de dos plantas, con un porche que crujía bajo el peso del viento.—¿No hay nadie más? —preguntó Maya, mirando hacia el camino de tierra por el que habíamos venido.—Nadie —respondió el agente mientras volvía al asiento del
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