La luz del sol entró por los grandes ventanales del ático con una fuerza que me pareció casi agresiva. Después de la reunión con el Consejo de las Sombras, mis ojos se sentían como si tuvieran arena por dentro. No había dormido nada, ni siquiera lo intenté. Me quedé sentado en el borde de la cama, mirando mis pies descalzos sobre la alfombra de seda, pensando en lo que acababa de hacer. Había desafiado a las personas más poderosas de la ciudad en su propia guarida. Les había dicho que sus secretos ya no valían nada porque yo iba a regalarlos al mundo entero.Bajé a la cocina buscando un poco de agua para aclarar la garganta seca. En la isla central estaba mi padre, Julián, limpiando una mancha invisible en el mármol con una parsimonia que solo él poseía. Mi madre, Elena, estaba al teléfono en un rincón, hablando en ese tono bajo y cortante que usaba cuando estaba dando órdenes que nadie se atrevería a cuestionar. Al verme entrar, ella colgó de inmediato y me miró de arriba abajo, busc
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