El estruendo del disparo se quedó rebotando en las paredes de madera como un trueno atrapado. El olor a pólvora inundó mis fosas nasales, mezclándose con el aroma a salitre. Me quedé sorda por un segundo, viendo todo en cámara lenta.Julián cayó de rodillas, con una mancha roja expandiéndose rápidamente por su hombro izquierdo. Marcus, el traidor, estaba en el suelo también, retorciéndose y gritando porque Julián, antes de caer, le había clavado un abrecartas de metal en el muslo con una fuerza desesperada.—¡Julián! —grité, pero mis pies no se movieron hacia él. Se quedaron clavados junto a la caja de metal.Miré los papeles que tenía en la mano. La verdadera heredera. Esas palabras eran como un eco que borraba todo lo demás. Toda mi vida me sentí en deuda. En deuda con mi padre por "cuidarme", en deuda con Julián por "salvarme". Siempre pidiendo permiso, siempre siendo la moneda de cambio.Y de repente, la verdad me golpeó más fuerte que cualquier bala: Nadie me debía nada. Ellos me
Leer más