El sonido de las alarmas no era como el de las películas; era un chirrido agudo que se te metía en los dientes y te hacía querer gritar. Las luces de emergencia de la mansión empezaron a parpadear en un rojo violento, bañando el despacho de Julián con un aire de matadero.
Él reaccionó antes de que yo pudiera procesar que mi padre estaba en la puerta. En un segundo, la vulnerabilidad que había mostrado —esas lágrimas por mi madre— desapareció. Se levantó del suelo, abrió un compartimento oculto