—Tú... lo vendiste —susurré, con la voz quebrada—. Todo este tiempo me hiciste creer que eras la víctima. Me hiciste sentir culpable por los pecados de mi padre, cuando tú estabas sentado a su lado planeando cómo destruir al tuyo.
Julián dio un paso hacia la luz de la pantalla. El brillo azulado le daba un aspecto fantasmal, resaltando la dureza de su mandíbula.
—No lo vendí, Elena. Lo jubilé —respondió con una calma que me dio náuseas—. Mi padre estaba hundiendo el apellido Torres en el juego