El todoterreno de Julián rugía devorando los kilómetros mientras el olor a humo y sangre se mezclaba con el aire salado que entraba por las rendijas. Él no decía nada; mantenía la vista fija en la carretera, con las manos apretadas al volante tanto que sus heridas volvían a sangrar.
Yo me encogí en el asiento del copiloto, sintiendo la llave de latón fría contra mi muslo. Miré de reojo a Julián. Tenía la cara manchada de ceniza y los ojos hundidos. Parecía un hombre que acababa de escapar de su