El día de mi boda no hubo flores blancas, ni música, ni un vestido de ensueño. Hubo una oficina gris, el sonido de una lluvia persistente contra el cristal y un silencio que cortaba como un cuchillo. Me miré en el espejo del baño del juzgado. Julián me había obligado a ponerme un traje de chaqueta blanco que me quedaba como un guante, pero yo sentía que llevaba puesto un uniforme de prisión.
Me toqué el cuello. Las marcas que Julián había dejado la noche anterior ya estaban tornándose de un col