Me quedé sentada en medio de esa cama inmensa, rodeada de sábanas de seda que se sentían como redes de pesca. Me abracé a las rodillas, tiritando aunque la calefacción de la mansión estaba a tope. En mi mente no dejaba de repetirse la imagen de su cara cuando encontró el microchip. No fue solo rabia; fue algo que me dolió más: una decepción tan profunda que me hizo sentir pequeña, sucia y, por primera vez, culpable.
¿Por qué me sentía así? Él me había quitado todo. Él me tenía prisionera. Pero