El aire del océano golpeaba mi rostro mientras conducía el todoterreno de Julián lejos de la casa de la playa. Él estaba en el asiento trasero, medio inconsciente, con una camisa limpia que encontré en el maletero presionando su herida. Cada vez que el coche saltaba por un bache, él soltaba un gruñido ahogado, pero yo no frenaba. No podía permitirme la debilidad de la compasión.
Miré por el espejo retrovisor. Mis ojos ya no eran los de la chica que lloraba en la mansión Torres. Había una friald