Las veinticuatro horas anteriores fueron un suplicio de paciencia, un ensayo de autocontrol que desafió mis dos siglos de existencia. Sin embargo, en el instante en que nuestra unión se consumó, el tiempo dejó de ser lineal; se convirtió en una serie de latidos, jadeos y una fricción que amenaza con incinerar mi lógica.Ahora, mientras Iraida se mueve sobre mí, no solo siento placer; siento una apropiación absoluta. Mi miembro, enterrado en el santuario de su interior, la reconoce como su hogar, el único lugar donde mi esencia (y mi alma de vampiro) desea permanecer por la eternidad. El dolor inicial, esa resistencia física que ella opuso al ceder, se ha disipado, dejando paso a una armonía visceral.Iraida lleva el ritmo, tal como se lo pedí. Sus movimientos son una tortura exquisita, una danza deliberadamente lenta que me obliga a apretar los dientes para no arrebatarle el control. Mis manos, grandes y firmes, se aferran a sus caderas, guiándola, anclándola, asegurándome de que cada
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