El aire en el Gran Salón está tan cargado que casi se puede cortar con una espada. Desde mi posición, a un lado del estrado, mis ojos no pueden apartarse de la primera fila. Ahí están. Iraida y uno de los reyes vampiros, sentados juntos. Ver a mi amiga de esta manera me llena de un alivio profundo. En mi interior, siempre supe que la Diosa Luna no permitiría que su propia hija sufriera eternamente por los prejuicios de un Alfa ciego. La naturaleza, en su infinita sabiduría, le otorgó una segunda oportunidad a través de su linaje vampírico, uniendo su destino al del rey vampiro. Verla sonreír con una seguridad y una paz que nunca tuvo en este territorio me hace sonreír por dentro, a pesar de la tormenta que se está a punto de desatar.Sin embargo, el contraste a mi lado es asfixiante. Nora está radiante, pero es una máscara de cristal que amenaza con romperse. Su arrogancia se desborda, cree que ha ganado la partida y que el trono es suyo. Pero sus ojos (aquellos que se supo
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