La ceremonia fue, en todos los sentidos, una obra maestra de la elegancia sombría. Observé el salón, un vasto recinto que durante siglos ha sido testigo de traiciones y alianzas, y por primera vez, no veo enemigos esperando mi caída, sino subordinados viendo el nacimiento de un nuevo orden. La marca en el cuello de Iraida, esa rosa negra con espinas carmesí coronada por la media luna, pulsa con un calor que resuena directamente en mi propia piel. Ya no es solo una cuestión de leyes o de política; es una unión biológica. Iraida ahora es mi extensión, mi ancla y, por encima de todo, mi posesión.La marca está completa. Solo falta reclamar su cuerpo para sellar lo que la magia y los dioses ya han dictaminado: ella es mía en alma, mente y sangre. Me puse en pie, con la gracia gélida que caracteriza a mi estirpe, y mi voz resonó en el salón como un decreto ineludible. Cumplí mi promesa a Iraida. La tomé en brazos, sintiendo su peso, su calor, esa vitalidad híbrida que me embriaga y que ta
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