El aire en el despacho aún vibra con el eco de nuestros jadeos, un rastro invisible de deseo que se niega a disiparse. Observó a Iraida mientras se recompone, admirando la forma en que sus dedos recorren la tela de su vestido, ahora ligeramente arrugado por nuestra urgencia. Tenerla así, a horcajadas sobre mi voluntad, había sido la experiencia más devastadora y, a la vez, gloriosa de mi existencia. Sus labios, que aún conservan ese brillo húmedo, saben a una mezcla pecaminosa de chocolate con fresas. Mis manos todavía sienten el fantasma de sus curvas; esas caderas generosas, firmes y cargadas de una fuerza muscular que me incita a aferrarme a ellas y no soltarla jamás. Sus senos, esas dos montañas de piel que había tenido el privilegio de moldear, son ahora mi nueva obsesión; quiero escalarlas, marcarlas y cubrirlas con mi esencia una y otra vez hasta que no quedue rastro de nadie más que yo en ella. Pero, sobre todo, esta el recuerdo de su calor. Esa intimidad deliciosa y gotea
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