Valentina había visto el video tres veces.La primera, de pie frente a la pantalla de su laptop, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, como si la tensión muscular pudiera servir de armadura contra lo que estaba mirando. La segunda, sentada, porque las piernas decidieron unilateralmente que no era momento de heroísmos posturales. La tercera, con pausa incluida en el segundo cuarenta y dos, cuando la cámara de seguridad captaba con toda la nitidez que permitía la tecnología de hace siete años la figura inconfundible de Andrés Castellano caminando por la Calle Morelos con un traje oscuro y lo que, si ella hubiera querido ser poética al respecto, habría descrito como determinación en cada paso.No quería ser poética al respecto.Lo encontró en la sala. Él estaba de pie frente a la ventana, con una taza de café que claramente no había tocado porque seguía exactamente donde la había dejado veinte minutos atrás, en el mismo ángulo, con el mismo nivel de líquido, como evidencia de
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