La playa a las dos de la madrugada tenía la extraña cualidad de los lugares que pertenecen a nadie, o quizás a todos, dependiendo del ángulo desde el que uno decidiera verlos. El mar no hacía diferencias: rompía igual contra la orilla para los vivos, para los muertos y para los dos idiotas que caminaban descalzos por la arena húmeda sin que ninguno de los dos hubiera explicado todavía cómo habían llegado ahí.
Había empezado, como tantas cosas entre ellos, sin un plan claro.
Valentina había sali