Valentina había visto el video tres veces.
La primera, de pie frente a la pantalla de su laptop, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, como si la tensión muscular pudiera servir de armadura contra lo que estaba mirando. La segunda, sentada, porque las piernas decidieron unilateralmente que no era momento de heroísmos posturales. La tercera, con pausa incluida en el segundo cuarenta y dos, cuando la cámara de seguridad captaba con toda la nitidez que permitía la tecnología de hace sie