La mesa era blanca como una amenaza.
No de otra manera podía describirlo Valentina, que llevaba quince minutos contemplando el mantel de lino desde su silla y calculando, con la frialdad de quien ha sobrevivido demasiadas guerras corporativas, cuántos de los presentes sabían exactamente en qué tipo de cena habían aceptado participar. El comedor de la villa principal ocupaba el ala oeste de la isla, con ventanales que daban al mar negro de las once de la noche, y Castellanos había dispuesto las