El miércoles por la mañana, Valentina le dijo a Andrés que se pusiera el traje gris, el más viejo que había traído, y que llevara la carpeta con las proyecciones del tercer trimestre. No le dijo adónde iban. No le dijo quién estaría ahí. Lo dejó descubrirlo solo, porque esa también era una forma de humillación.La sala de juntas del piso diecisiete de Ríos Consulting tenía doce sillas y ese miércoles las doce estaban ocupadas. Directivos, inversores, el abogado corporativo. Personas que en otra época habrían llamado a Andrés Vargas por su nombre en salas similares a esa, que habrían escuchado su opinión antes de tomar decisiones que movían millones. Valentina lo sabía. Por eso lo había traído.Entró a la sala con él dos pasos atrás y dejó que todas las miradas hicieran su trabajo. Se sentó en la cabecera, abrió su carpeta y señaló con la barbilla la silla junto a la pared, la que no estaba en la mesa sino apartada de ella, la silla donde se sentaban los asistentes que venían a tomar n
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