La reunión empezó con una mesa, dos sillas y un documento de cuatro páginas que Valentina había titulado, con su habitual exceso de rigor, *Protocolo de representación conjunta: Fase Monteclaro-Isla*. Andrés lo leyó en silencio, pasó la última página, y lo dejó sobre la mesa con la misma expresión que pondría alguien a quien acaban de entregar las instrucciones de un microondas en otro idioma.—¿Hay examen al final? —preguntó.—Hay consecuencias al final —dijo Valentina—. Que es peor.Estaban en la sala de reuniones pequeña del décimo piso, la que usaban cuando no querían que nadie supiera que estaban reunidos, lo cual, pensó Andrés, era una descripción bastante exacta de toda su relación profesional hasta el momento. Sobre la mesa había también un café que se estaba enfriando, un bolígrafo que Valentina había estado girando entre los dedos desde hacía diez minutos, y la certeza compartida, no declarada, de que lo que iban a hacer esa mañana era técnicamente necesario y personalmente
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