La iglesia de San Bartolomé no había cambiado. Eso era lo más perturbador.
Valentina había esperado, con una lógica que reconocía como irracional pero que había abrazado de todas formas, que el lugar hubiera tenido la decencia de transformarse en algo diferente. Un estacionamiento, por ejemplo. O una ferretería. Cualquier cosa que le permitiera llegar, mirar, y decir *esto ya no existe* con la autoridad de quien cierra un capítulo.
Pero ahí estaba: la misma fachada de piedra color arena, el mis