La carpeta era negra, delgada, y tenía la apariencia inocente de cualquier objeto de oficina que nadie mira dos veces. Eso, pensó Andrés mientras la sostenía sobre el escritorio de la habitación 412, era precisamente lo que la hacía peligrosa.La había encontrado detrás del panel de ventilación del baño, sujeta con una cinta adhesiva gris que alguien había aplicado con cuidado excesivo, casi con afecto, como si quisiera que durara. No era el escondite más sofisticado del mundo —Andrés había visto mejores en tres países distintos y en al menos dos películas de espionaje de mediana calidad—, pero era funcional, y lo funcional, en su experiencia, era siempre más preocupante que lo elaborado.Llamó a Valentina a las once y cuarenta y dos minutos de la noche.Ella contestó al segundo tono, lo cual significaba que no estaba durmiendo, o que dormía con el teléfono en la mano, o que había desarrollado algún reflejo condicionado que la hacía responder llamadas nocturnas con la misma automatici
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