La casa donde Mateo Mondragón había vivido los últimos veinte años de su vida estaba a cuarenta minutos de la ciudad, en una zona donde los edificios cedían espacio a árboles y el ruido del tráfico llegaba amortiguado por suficientes capas de vegetación para que pareciera de otra vida.Sebastián le propuso ir el sábado siguiente, sin más contexto que: «Hay algo que quiero mostrarte.»Valentina fue porque aprendió hace tiempo que las propuestas de Sebastián sin contexto eran invariablemente más interesantes que las explicadas.La casa estaba vacía. Elena Mondragón la mantenía, pero vivía en la ciudad. El jardín, en cambio, tenía la exuberancia de algo que creció sin demasiadas instrucciones y encontró su propia forma.Sebastián abrió la puerta lateral con una llave que guardaba en el llavero personal, no en el corporativo, y caminó por el jardín con el paso de alguien que conoce cada palmo de ese suelo.—Aquí pasé la mayor parte de mis veranos hasta los dieciséis años —dijo, mirando el
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