La tía Mercedes Mondragón tenía setenta y un años, una lengua que no conocía los conceptos de filtro ni momento inadecuado, y la convicción profundamente arraigada de que las familias bien organizadas no tenían hijos fuera del matrimonio.
Esto, que en otras circunstancias habría sido simplemente una opinión generacional con la que disentir educadamente, se convirtió en el tema central de la cena familiar de fin de mes cuando la tía Mercedes decidió —con el timing de un francotirador— hacerlo ex