Veintitrés semanas y el bebé respondía a los sonidos.
La doctora Ramírez lo había mencionado en la consulta anterior con la misma naturalidad con la que mencionaba todo: como un dato clínico interesante que también era, para quienes lo recibían, algo completamente diferente.
Valentina estaba en el estudio un jueves por la tarde cuando lo probó. Puso música —el tipo suave que ponía cuando necesitaba concentración sin silencio— y esperó.
El bebé se movió. Más de lo habitual. Con la energía especí