Ocurrió un martes a las once y cuarenta de la mañana.Valentina estaba en el estudio, trabajando en los primeros bocetos del manual de identidad del hotel, con música de fondo y el café de las diez ya frío sobre el escritorio. Llevaba dos horas de concentración profunda, el tipo que hace que el mundo externo desaparezca, cuando sintió algo.No era dolor. No era presión. Era otra cosa.Como burbujas. Como aleteo. Como si alguien dentro le dijera, con mucha suavidad y desde muy adentro, que existía.Valentina soltó el lápiz.Se llevó la mano al vientre.Esperó.Otra vez. Más claro ahora, como si la primera hubiera sido prueba y esta la versión definitiva.Dieciocho semanas y dos días. Exactamente en el rango que la doctora había dicho.Valentina no lloró. No era de las que lloraban en los momentos grandes. Pero se quedó quieta durante dos minutos completos con la mano sobre el vientre y los ojos cerrados, recibiendo eso que no tenía nombre todavía pero que era, inequívocamente, el momen
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