Ocurrió en la semana veintiséis, un lunes, con la precisión cruel de los malentendidos grandes: en el momento en que todo estaba bien.
Valentina había tenido una reunión en las oficinas del cliente del hotel. Era el tipo de reunión que termina bien, con aprobaciones y felicitaciones y la sensación de que el trabajo que uno hace importa. Salió a las cinco con el humor de los días buenos, con el teléfono lleno de mensajes que no había revisado durante tres horas de concentración.
Los revisó en el