Camila Reyes Mondragón tenía exactamente un año, tres meses y la convicción firmísima de que el suelo era una superficie más interesante que cualquier otra, incluyendo el sofá, el puf, la cuna y los brazos de los adultos que insistían en levantarla. Gateaba con una velocidad que había sorprendido a todos, incluida la pediatra, que lo anotó con el entusiasmo de quien lleva años viendo bebés y sigue encontrando el desarrollo motor fascinante. Tenía el pelo oscuro de Sebastián, los ojos de Valentina, y el carácter inconfundible de alguien que ha absorbido lo mejor y lo más complicado de los dos. El apartamento del piso cinco ya no tenía las diecisiete plantas alineadas contra la pared: las había redistribuido por toda la vivienda, con la lógica de quien ha aprendido que las plantas, igual que las personas, crecen mejor cuando tienen espacio propio. El estudio seguía siendo el corazón creativo de Valentina, con el proyecto del hotel terminado y tres clientes nuevos que habían llegado p
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