El problema con haber dicho «yo tampoco» era que las palabras no desaparecían solo porque nadie las repitiera.
Valentina pasó el fin de semana siguiente con esa frase instalada en algún lugar del pecho, ocupando espacio que ella no le había asignado. Trabajó. Llamó a su madre. Regó las plantas. Respondió correos del proyecto del hotel con la eficiencia automática de quien ha aprendido a funcionar aunque la cabeza esté en otro lado.
Sebastián no bajó el sábado.
Tampoco el domingo.
Le mandó un me